Sin nombre

Era el reloj de todas mis mañanas. Mi camino era de ida y el suyo de vuelta. El mío hacia la jornada laboral y el suyo desde una guardería cercana se cruzaban a diario bajo la lluvia, el viento o el sol temprano. El punto en el que me lo encontraba me indicaba lo mucho o lo poco que me iba a retrasar ese día porque él no fallaba nunca. Cumplía con profesionalidad sus horarios de abuelo, al menos eso era lo que yo me figuraba cuando me daba los buenos días, liberado de la responsabilidad mañanera de los nietos, convertido en un paseante de cabellera blanca y ademanes de caballero de fina estampa; con ese punto justo de coquetería al descubierto cuando aligeraba el paso para ocultar el cansancio de todos sus años. No sé cuál era su nombre. Solo sé que, desde que adivinaba mi silueta a lo lejos, me buscaba con la mirada para desearme buena jornada y reprocharme burlón, cuando tocaba, que ese día iba tarde.

Miraba como el Juan Pareja de Velázquez,  ése que siglos después sigue cautivando, inmortal, desde una de las paredes del Metropolitan. Él apenas sobrevivía. Tenía el mismo pelo negro enmadejado, la misma profundidad e intensidad que el personaje del cuadro, pero él se movía nervioso entre las mesas de aquel Starbuck de la esquina. El pelo negro y la mirada negra enmarcada por una toalla blanca (sucia pero todavía blanca) que usaba a modo de bufanda. El otoño ya estaba bien entrado en Nueva York y esa blusa deshilachada y mal abrochada no debía de abrigarle demasiado. A la hora en yo me surtía del primer café del día ya llevaba un buen rato encadenando unos cuantos, como una liturgia repetida durante toda la jornada. No sé si leía el periódico, pero no lo soltaba. Levantaba la vista, me clavaba sus dos dagas azabache, sorbía por pura inercia del vaso largo de cartón, pasaba otra página con la torpeza que pasan las páginas unos dedos demasiado grandes y demasiado gordos coronados por unas uñas tan negras como su mirada, más sucias que la toalla que le rodeaba la nuca a modo de bufanda. Volvía a sorber y volvía a mirarme y volvía a mirar y a hacer como que leía… Por las noches, a la hora de mi regreso del mundo, de los teatros, de las avenidas, de los neones y de los museos, seguía ahí, detrás del ventanal, iluminado por la lamparita amarilla de la esquina, acomodado en el sillón orejero mirando, mirándome, mientras los camareros ultimaban su faena ajenos, por pura costumbre ya, a su inevitable presencia. Siempre he pensado que Juan Pareja se reencarnó en él, pero no sé cuál era su nombre.

Ahora ya sé que son nigerianos después de mucho tiempo suponiendo que vinieron de Senegal. Primero, años antes, llegó el más bajito y luego su amigo, que es más corpulento y ya empieza a dominar el castellano. Seguro que hay sonrisas blancas en el mundo, pero dudo de que lo puedan ser más que las suyas, que son las primeras de la calle cuando empieza el día y la gente va con sueños y con prisas. Son los ángeles de la guarda del coche que dejo en la calle desde el día que lo saqué del concesionario. Del mío y del de todo el vecindario que se atreve a la segunda fila con desahogo porque están ellos para darle forma al caos. Tienen medidos los espacios y saben dónde hay que empujar para que salgan unos y entren otros sin consecuencias. Conocen nuestras rutinas, los porqués de cada coche aparcado en nuestra pequeña manzana y hasta el número de nuestras casas. A menudo los veo correr cuando viene la Policía. No huyen de la autoridad: corren al telefonillo del infractor de turno para avisarle de que su coche puede ser multado en breves instantes. Una vez estuve muchos meses sin verles y el día de nuestro reencuentro estuve a punto de preguntarles sus nombres. Pero no me dieron margen porque andaban enfadados conmigo por no haberles avisado de que el coche iba a estar tanto tiempo desatendido: “Inma, no te puedes ir tanto tiempo sin avisar”. Todavía no sé cómo se llaman.

Se dio cuenta de que nos había estafado al oír nuestra conversación con la cajera del supermercado. Ella era una cubana con suerte que acababa de pagar con dólares su compra en aquella tienda surtida de todo a la que la gran mayoría de los cubanos no tenían acceso. Rápidamente activó el plan de rescate de nuestro ánimo y nos montó en su coche y nos llevó al hotel y nos contó que en La Habana no todos eran como ésos que nos habían robado pero que teníamos que tener cuidado y que disfrutásemos de la isla pero que no anduviésemos con malas compañías y que tenía que volver a casa pero que apuntásemos su teléfono y que viajásemos por nuestra cuenta pero que no nos fiásemos de nadie pero que ella nos iba a ayudar siempre que la necesitáramos. Apreté el papel en la mano pringosa por el sudor y los restos de azúcar del último mojito y le dije adiós aturdida por la ayuda y por el afecto generoso de quien no te conoce de nada y de quién no sabes su nombre. Nunca lo supe.

“Espíritu sin nombre,
indefinible esencia,
yo vivo con la vida
sin formas de la idea”.
Gustavo Adolfo Bécquer

Deja un comentario

Archivado bajo Historias, Regresos

De las ilusiones se vive

Expliqué durante todo el día que vi a uno de ellos. Lo juré todas las veces que pude y como mis hermanos mayores no parecían lo suficientemente convencidos me vi obligada a echarle imaginación para hacer más creíble mi hallazgo: cada vez que reproducía la escena añadía algún detalle nuevo. Fue una madrugada del 5 de enero y hoy os juro que si juré que vi la silueta de uno de ellos es porque tenía tantas ganas de pillarles con las manos en la masa que terminé viéndoles durante aquella vigilia mágica. Como no sabía que era imposible lo conseguí. Recuerdo el recuerdo atesorado durante mucho tiempo de una barba frondosa y una corpulencia suficiente como para adivinarse en la oscuridad de mi cuarto. Lo demás, es cierto, me lo inventé.

Si las calles de los pueblos y ciudades se abarrotan durante las cabalgatas, por muy horteras que puedan llegar a ser las carrozas, es por el efecto contagio de la ilusión infantil, ese dulce torrente que hace relativo todo lo que les rodea en cuanto se despliegan, sin trampa ni cartón, miles de sonrisas limpias y crédulas. ¡Con qué fe y qué arrojo se abalanzó Carlota a ese señor gordo disfrazado de fieltro rojo! Fue a tiro hecho. Sin titubear: “Quiero una cocinita rosa y a Guille, que no sabe hablar, le traes algo de piratas”. No tuvo ningún miedo a ese desconocido absolutamente impostado. El entusiasmo nubló todos sus sentidos, su inteligencia despierta y su innata curiosidad que, sin la magia de por medio, le habría llevado con toda seguridad a tirarle de la barba de mentira.

¿Cuánto dura la inocencia? ¿A qué edad se acaban las verdades absolutas? Certezas como que el gatito dice Miau, el perrito dice Guau y la vaquita dice Mu. La primera vez que Paula, con dos años recién cumplidos, vio un rebaño de vacas quedó absolutamente fascinada. Cinco adultos tuvimos que llevarla en varios turnos a una pared de piedra para que ella vigilase los pesados movimientos de los animales en plena canícula. Absorta analizaba en silencio cada cambio de postura y, después de varias sesiones, me miró totalmente paralizada: “¡No dicen Mu! ¡No dicen Mu! ¿Por qué no dicen Mu?”.  Fue la primera vez que vi la decepción en su rostro ante la evidencia de que una vaca no es lo que ella pensaba, un bicho repitiendo Mu una y otra vez hasta el infinito, tantas como nosotros le hicimos a ella respondernos qué hacen el gatito, el perrito y la vaquita.

Qué gran tarea tienen los padres de hoy para conseguir blindar las ilusiones de los niños, tan expuestos a tanta información que se mueve tan rápido. Y qué difícil debe de ser decidir cuándo llega el momento de empezar a desinflar esas pompas de jabón en las que afortunadamente crecen muchos de ellos para evitarles tal vez que terminen percibiendo como tremendas las que solo son pequeñas decepciones. Muchas veces he pensado en aquella mañana del 6 de enero porque fue la primera vez que me recuerdo empeñada en hacer creíble mi historia aderezándola convenientemente. Quizá si no hubiese recibido el jarro de agua fría del escepticismo de mis hermanos mayores nunca me habría empleado a fondo en la tarea de imaginar, esa herramienta tan útil para construir sueños que mantienen vivas nuestras ilusiones. Y de las ilusiones es de lo que se vive.

Deja un comentario

Archivado bajo Regresos

A las doce, en la Plaza Nueva

A las seis de la tarde, todos los días, mis compañeros de El Correo de Andalucía salían a la calle y simplemente aplaudían. Algunos corrían por las escaleras hablando por el móvil, apuntando el último dato que aportaba la fuente. Defendían sus derechos y los de sus lectores a través del aplauso, se reafirmaban y volvían a subir las escaleras para seguir haciendo el mejor periódico posible. Eso fue hace tres años, cuando la empresa editora empezó un proceso de reducción de plantilla que era solo el prólogo de lo que ha terminado siendo una despiadada y sórdida operación para deshacerse de la cabecera.

Lo ha hecho de la peor manera posible (pinchen aquí para conocer los oscuros pormenores) y sobran las razones para la huelga unánime convocada por los pocos periodistas que quedan   de aquellos que aplaudían a las seis. Con toda probabilidad, la huelga conducirá a lo peor que puede pasarle a un periódico: no salir a la calle. Triste paradoja: quienes con más fuerza y con más dignidad han defendido El Correo de Andalucía en sus más de cien años de historia se ven obligados a dejarlo fuera del quiosco para intentar salvarlo.

Porque El Correo de Andalucía, según las cuentas que han salido a la luz en estos días, no está más enfermo que otros convalecientes de su sector. Sus males, eso sí, siempre se han visto agravados por el manoseo, el abuso y el maltrato al que le han sometido las empresas que sucesivamente se han hecho cargo de él sin creer realmente en él, empresarios que serían incapaces de defender una información publicada en sus páginas ni el trabajo de un buen fotógrafo porque, sencillamente, la actividad del periódico les era ajena. Nunca les dolió, por mucho que en alguna etapa la titularidad haya correspondido a compañías del sector y por mucho que pareciera lo contrario cuando el último propietario invirtió en el relanzamiento del proyecto. Nunca lo han sentido como suyo.

En realidad, nunca les ha pertenecido. Si esta cabecera sigue siendo honorable es única y exclusivamente por los periodistas que la han sostenido a pulso con su trabajo, con el peso de sus firmas y su prurito profesional. En medio de una diabólica espiral de la empresa hacia el abismo, solos, sin una estructura sólida donde apoyarse y con el viento de la crisis soplando en contra, han mantenido vivo al rotativo centenario, han seguido haciendo periodismo, han preguntado y repreguntado mucho más de lo que querían dejarles, han abierto  debates y han contado muchas de esas cosas que los ciudadanos quieren saber y que no podrían conocer sin que ellos estuvieran tecleando. Y en algunos casos hasta le han echado pluma al asunto. Recreándose y todo, disfrutando, aunque ese mes la nómina no estuviese asegurada. Hay grandes páginas de estos tres años horribles que se han escrito sobre un planillo recortado, sin el abrigo de la publicidad y desde una redacción ocupada por las ausencias.

Somos muchos los que en estos días hemos tenido accesos de nostalgia y en pleno desconcierto por lo que pueda pasar en adelante hemos conjugado en pasado las glorias de El Correo de Andalucía. Hemos rebuscado en nuestros archivos sentimentales para reivindicarnos como parte de la historia de un periódico que es historia de Sevilla y de su provincia, que en plena revolución global se ha preocupado de la Sierra Sur y de Pino Montano, por el cambio de recorrido de una cofradía y por la letra pequeña de las reformas de las grandes leyes. Por la política de barrio y por la de los grandes partidos. Por los éxitos y los fracasos colectivos de Sevilla. Por el esplendor de la Expo y la miseria del Vacie. Un medio de comunicación que, con todas sus debilidades, ha hecho a sus lectores más ciudadanos simplemente por darles la oportunidad de elegirlo para informarse.

Decía que, un tanto abrumados ante la trascendencia de los 115 años de vida que vemos peligrar, hemos sacado las fotos en blanco y negro para recuperar la imagen de los referentes del periódico, ésos de los que Antonio Burgos decía ayer en tuiter que han hecho literatura desde las páginas del decano, y hemos vuelto a reír a carcajadas con las mejores anécdotas de las últimas décadas, intentando quizá recuperar y retener para siempre la esencia de una historia que parece evaporarse. Pero para capturarla, hoy lo sé, solo hay que mirar a los ojos a los compañeros que han seguido escribiéndola en este tiempo, preservando con dedicación y orgullo su identidad y el legado periodístico y emocional de más de un siglo. Por eso el espíritu de Pepe Guzmán sobrevuela la redacción a pesar de las mesas vacías, los ordenadores apagados y los restos del naufragio en la Isla de la Cartuja. Por eso es imposible ponerle precio a El Correo de Andalucía, por mucho que hayan intentado convertirlo en moneda de cambio o venderlo solo por una.

Unos nos fuimos y a otros los echaron. Por el sacrificio de los que quedan y por haber llevado con tanta dignidad el peso de los años, de los buenos y de los malos, la plantilla de El Correo de Andalucía merece que le devolvamos todos esos aplausos de las seis de la tarde y que, si nos es posible, aplaudamos con ellos el lunes a las doce en la Plaza Nueva para intentar frenar el desastre definitivo. Convocados estamos.

Deja un comentario

Archivado bajo Actualidad

Tu Estambul

En Estambul tuviste la sensación de estrenarte en cosas que te habían pasado muchas veces.

Descrubriste Estambul a la vez que cientos de miles de turistas, en un agosto pegajoso y cuando ya te la habían descubierto casi todos. Desde Napoleón a Antonio Gala y Ohram Pamuk, Isabel, Erika, May, Don Carlos, Marta o Cinta. Contribuyeron muchos a que fueses construyendo ese Estambul imaginario al que hasta entonces le faltaban los olores, sabores, texturas y sensaciones de aquel agosto, ésos que recuperas por segundos en estos días cuando lees las crónicas sobre las protestas ciudadanas y la violencia en la calle.

Tu Estambul, el de agosto de 2010, era la Capital Europea de la Cultura y la luna quiso que coincidiese con la celebración del Ramadán. Por eso había muchos hombres que pasaban los rigores del hambre y el calor dormidos a la sombra en las puertas de las mezquitas y en el césped de los parques. Soportaban pacientes la espera de una puesta de sol que era el preludio del estallido de la plenitud: la música en la calle, el festival de jazz, los bailes tradicionales, la comida con varias generaciones de la familia alrededor de la nevera en las plazas y, siempre, de fondo, la sorpresa sobrecogedora de la llamada al rezo desde todos los minaretes. El eco del Islam mayoritario en un país laico, en el que hay judíos y ortodoxos; un Estado cimentado desde la libertad religiosa y al que admiraste por cómo estaba escribiendo su historia contemporánea con el alfabeto latino.

Descubriste con tus propios ojos la gama de dorados y azules de los mosaicos de San Salvador de Chora y de Santa Sofía, y el Cristo Pantocrátor de tus apuntes de Historia del Arte de COU. Los azulejos del harem de los sultanes y las cúpulas de las mezquitas definiendo el perfil de una ciudad levantada sobre colinas milenarias que conservaba las huellas de todos los siglos que se superponían en ella y que encaraba el futuro mirando a Europa y a Asia con ambición.

El Estambul de tu retina no expresaba contrastes sino fusión. Eran turcas las jóvenes que agarraban la pancarta aquel día en Istiklal, también el rosario de adolescentes con pañuelos en la cabeza que paseaban de la mano aquella noche en Sultanahmed y esas otras que vestían pantalón corto y que habían quedado en esa terraza de moda con otros chicos de su edad. ¿Recuerdas a aquella pareja que se besuqueaba en la orilla del Bósforo? Ella iba ataviada en el niqab, que para ti era lo mismo que un burka, y por más que la mirabas sólo podías ver sus ojos negros; como los de las tres hermanas a las que el primogénito de la familia les compró en aquel puesto un pantalón a la última moda. Una de ellas, enlutada detrás del velo y de la túnica negra, complementaba el atuendo con zapatos de tacón, un bolso de color y una cámara fotográfica profesional. Volviste con muchas preguntas a las que empezar a buscar respuesta.

Tu Estambul olía a cordero chamuscándose en plena calle, pero también a pescado con cebolla y limón. Te supo a vinagre, pepinillos, col y guindilla, pero también dulce como la miel y el hojaldre. Para ti fue la ciudad de la fruta fresca y de los frutos secos; de las sandías y las uvas, pero también de las nueces y los pistachos.

Tienes que reconocer que en el vuelo de regreso seguías sin poder decantarte. ¿Como elegir entre el bullicio loco del bazar a la caída de la tarde o la soledad sonora del interior de la mezquita? Sábanas, joyas, encajes, lámparas, menaje, antenas parabólicas, guitarras, especias, sombreros… Todo estaba en venta en los comercios de esas calles que conservaban la tradición gremial y en las que te gustaba perderte para no encontrar nada en concreto. Sin saber tampoco qué buscabas, huiste en ferry al lado asiático un día en el que los cruceros escupían a cientos de turistas acalorados y te ocultaste descalza en un rincón de aquella mezquita, sin mostrar ni un centímetro de piel. “Somos intrusas”, te susurró tu acompañante mientras aquel hombre con mono de trabajo secaba sus manos en el pantalón y se acercaba a la hilera de otros hombres –ellas, muchas menos en número, estaban escondidas en un habitáculo más pequeño, junto con sus hijos- que enfocaban su rezo hacia el lugar en el que dicen que está la Meca. El rito, la armonía de los cuerpos, la musicalidad del Corán y la brisa que se colaba por los toldos de piel que cubrían las puertas te hicieron encontrar una razón por la que había merecido la pena perderse en aquel lugar por primera vez.

Casi los estás viendo ahora pasar delante de tu teclado mientras lees que en nombre del “Islam moderado” se han consentido demasiadas cosas al Gobierno de Recep Tayyip Erdogan en los últimos 10 años. “No solo hay primaveras árabes”, escribe Bernard-Henri Levy. “Hay, habrá, una primavera turca impulsada por ese mismo pueblo de estudiantes, intelectuales, representantes de las profesiones liberales, europeístas, amantes de las ciudades y de la democracia”. Y te aferras a la idea de que después de una primavera como ésta solo puede venir un verano mejor al que regresar.

Deja un comentario

Archivado bajo Actualidad, Regresos

A cazar moscas

Ya llegó. Para alivio de muchos, ya está aquí la que un periódico denominó ayer como “ley del máximo esfuerzo”, la reforma educativa del ministro Wert. Más allá de los pormenores de la norma, el regocijo de quienes la han recibido como agua de mayo tiene que ver con el mensaje que subyace de este titular de portada: esta España tiene que recibir un severo correctivo después de un tiempo en el que gafipastis, perroflautas y simpatizantes en general de la izquierda plural confundieron libertad con libertinaje. Se trata de una cosmovisión que puede resumirse en un simple “¡qué país, se les da el pie y se toman la mano!” y a partir de la cual se producen el resto de razonamientos en cascada: lo de abortar como si tal cosa y lo de hablar de la homosexualidad en las aulas tan ricamente, incluso en catalán. El único vicio corregido en estos años ominosos  y libertinos fue el del tabaco, pero solo por dárselas de modernos y estigmatizar el humo de los puros de toda la vida.

Dar por hecho que necesitamos que nos impongan el “máximo esfuerzo” implica que somos una sociedad en la que las cosas han pasado de castaño oscuro. Que nos dejaron elevar nuestras rentas para que consumiéramos, pero que hemos gastado más de lo que teníamos en nuestro afán de tener más de lo que nos corresponde.  Que nos dejaron suavizar la disciplina en la mesa, pero que hemos malentendido la relación paterno-filial y ahora las adolescentes van vestidas demasiado sexys, provocando a los tíos, ahora que suben las temperaturas. Que nos permitieron relajar las costumbres religiosas y montar un bodorrio en la Iglesia pese a faltar a misa los domingos, pero que nos hemos creído que todo el monte es orégano y que se pueden enseñar el Catecismo y el Corán como si la misma cosa fueran. Que hemos agotado la paciencia de quienes nos permitieron ser por encima de nuestras posibilidades. Hay que embridar. Llegó la hora de dar un puñetazo en la mesa, como los padres antiguos.

Los ciudadanos volvemos a ser menores de edad a los ojos de este legislador que, mientras invita a la jerarquía eclesiástica a mojar churros en el chocolate de todos, se cree sabedor de qué es lo mejor para el conjunto de la sociedad; para los negros y los  blancos, los altos y los bajos, los moros y los cristianos. Por eso se cree capaz de meterse en las creencias, en las camas y en los úteros de quien se tercie. No piensa en absoluto que seamos niños malos, no, solo está convencido de que hemos perdido el rumbo y nos hemos descarriado, como ocurre con los adolescentes en las crisis de crecimiento. Y ha pasado lo que tenía que pasar: papá se ha presentado en la fiesta, te ha quitado el porro de una mano, te ha retirado la otra del culo de la rubia pechugona y ha terminado por darte un buen guantazo delante del resto de la pandilla, para que sepan quién manda aquí. Y para casa. 

Ésa parece una secuencia de la serie ‘Verano Azul’, pero puede ilustrar la lógica con la que está funcionando la maquinaria legislativa del Estado. Una dinámica en la que quienes tienen la legítima capacidad para organizar la convivencia en común entienden que pueden hacerlo sin mirarnos a la cara y advertir que tenemos rostros distintos, sin darnos explicaciones ni escuchar los matices de lo que estamos diciendo ni considerarnos capacitados para elegir la indumentaria ahora que suben las temperaturas o el menú del almuerzo. Y, ay, que ya no son lentejas lo que meten con cucharón hasta el atragantamiento, que el ministro de la cosa alimentaria ya ha bendecido la ración de insectos que recomienda la FAO para erradicar el hambre.

No nos vayamos a confundir. Nuestras autoridades competentes adoptan una actitud paternalista que nada tiene que ver con las nuevas corrientes de la crianza natural, ésa que aconseja no reñirle a los hijos de una aunque le estén partiendo las piernas a patadas a los hijos de otra y que considera la lactancia como la piedra angular de la salud y felicidad de los nuevos humanos. Nada que ver. Al nuevo ciudadano se le lee la cartilla a poco que se desmarque y se le priva de la leche materna sin contemplaciones. ¡Fuera la teta del Estado!, chillan en las pseudotertulias por la noche unos señores que, paradójicamente, son los mismos que ven bien que el Estado se meta en la intimidad más íntima de los administrados y hasta reglamente cuánta teta pueden enseñar las administradas, ahora que suben las temperaturas. Vaya por delante, las cosas como son, la hombría de todos. ¿O acaso creéis que la mayoría de esas cabezas privilegiadas no empezarían a balbucear sin sentido, con los casi ojos vueltos, ante una delantera mítica de ésas a las que le cantaba anoche Quique González en los polígonos de Sevilla?

Músicas y teorías aparte, lo cierto es que promulgan la implantación de un Estado moralizante y castigador que más que padre termina siendo la madrastra frívola de la teleserie de bajo coste. Ésa que te alecciona sobre el bien y el mal, que te obliga a fregar el suelo de rodillas, a hacer el máximo esfuerzo, a pagar impuestos y a encadenar padrenuestros para sacar buenas notas mientras que se desentiende de ti cuando lo necesitas para comprar la fregona con la que hacer mejor tu trabajo, ir al médico o cualificarte para aportar más cosas a una sociedad mejor en la que, sin ir más lejos, la ciencia avance en la clonación de células para salvar vidas.

Quizá necesitamos el “máximo esfuerzo” regulado por ley porque, muchos que se autodefinen como liberales, entienden que, dejada a su libre albedrío, la ciudadanía no rinde igual y resulta hasta peligrosa. ¿En serio que prefieren una sociedad educada recitando tablas de multiplicar y ríos y montañas y oraciones y sainetes de los hermanos Álvarez Quintero? ¿De verdad que hay quien echa de menos la pedagogía del palmetazo en la mano? ¿Por qué se resisten a fomentar la mentalidad abierta y el librepensamiento en las aulas? Quizá nos quieran al margen de todo lo que pasa, indolentes, acríticos, apáticos y cazando moscas. Llegada la necesidad, hasta nos las podemos comer. Son la mar de nutritivas.

 

 

 

 

1 comentario

Archivado bajo Política

Judas

Llevaba un maletín de cartón y una chaqueta negra hecha con bolsas de basura. El primer Judas que recuerdo fue Mario Conde, ese banquero hoy rehabilitado por las pseudotertulias pseudopolíticas de las pseudoteles. Lo colgaron en los cables de la luz de la esquina de mi calle, con sonrisa altiva y bien repeinado. Todo el vecindario admiró encantado el considerable parecido del fantoche con ese personaje de la tele que de la noche a la mañana pasó de la ejemplaridad a maldito traidor, como Judas. (“¡Con la entrevista que le hizo Julia Otero!”, comentaban los lugareños). A las doce de aquel día de hace años, los niños, armados con largas varas, lo abatieron a palos entre risas, destrozando al icono de la cultura del pelotazo ante los ojos divertidos y satisfechos de sus padres. Mi abuela, creo recordar, quiso indultarlo por guapo. Ella siempre fue carne de gomina.

No refiero el caso por excepcional, que eso de condenar en la plaza pública, con más o menos saña, forma parte de nuestra cultura más arraigada. ¿Qué pueblo de España no se erige en improvisado tribunal popular en alguna época del año? En el mío, la costumbre marca que el día elegido es el Domingo de Resurrección, convertido en un festín pagano en el que, por mucho que la Iglesia diga que es una jornada para celebrar la vida, no hay redención posible. El muñeco de trapo o cartón, el Judas, acaba en el suelo desventrado, con un ojo a la virulé y los brazos recolgando, hecho un auténtico cristo, que dirían las viejas del lugar. Mario Conde fue reducido a pedazos sobre el alquitrán de mi calle hasta que la más hacendosa del barrio tuvo a bien coger la escoba y darle sepultura deshonrosa en el contenedor más cercano (que nunca estuvo cerca, todo quede dicho).

Estos usos populares, claro está, no saben ni de equidistancias ni equilibrios. Cada grupo apalea a quien peor les cae o, simplemente, a aquel que les es más fácil de representar en función de las habilidades en pretecnología, que hay algunos a quien es difícil pillarles el gesto y aquí nadie es maestro fallero. Es un ejercicio de libre interpretación de la realidad y, por encima de todo, se trata de un desahogo. Comulgar con familiares y amigos a través de la risa purificadora, a veces de la carcajada más ingenua e inofensiva. Una suerte de reafirmación colectiva a costa del escarnio del considerado culpable. Ni más ni menos que lo que hacemos a diario en las redes sociales, admitámoslo.

Salvo excepciones felices coincidiendo con el día mundial de algo o el premiado ilustre de turno, los Trending Topic más celebrados son los Judas de cada día. Si la cosa se pone vírica, pueden recibir matarile desde los puntos más remotos del planeta virtual. Me queda mucho para ser expertóloga (sí, sigo teniendo pendiente el curso de community manager) pero me atreveré a afirmar que, si descontamos a cafres y tarados (que de todo hay que en la aldea global), detrás del tecleo compulsivo de muchos de los usuarios de las redes sociales está esa cultura protestona y crítica, a veces criticona, que llevamos en nuestro genoma ciudadano. Y, qué queréis que os diga, tampoco me parece tan malo. ¿No es sano que cada uno diga lo que quiera en el momento que cree conveniente? ¿En serio creéis que es perjudicial esa tendencia natural de nuestros pueblos a valerse del humor como arma de protección masiva frente a nuestras miserias? Ahora que hay quienes se hacen cruces por la falta de liderazgos sólidos para afrontar la crisis, cada vez estoy más convencida de que inevitablemente tendrá que ser la gente, con su libre albedrío, con sus gustos, sus cabreos, sus intereses y sus manías, la que marque la pauta.

Líbrennos los dioses resucitados de salvapatrias, de cirujanos de hierro y de intérpretes absolutos de las grandes verdades. Líbrennos los dioses resucitados de que cada cual se tome la justicia por la mano, de los escraches a representantes públicos por el mero hecho de serlo y de las lapidaciones colectivas dirigidas por intereses políticos, mediáticos o económicos (que a menudo confluyen, por cierto). Pero dejen que la gente hable sin tapujos, que salga a la calle a gritar, que ridiculice a quienes considere ridículos y que ponga a caldo a los Judas que le traicionaron. Solo de la gente, de esa masa que tiene que nombres y apellidos y vive la historia a través de su pequeña historia en una esquina insignificante de un pueblo escondido, solo de la gente podrá salir lo mejor que nos tenga que pasar.

2 comentarios

Archivado bajo Regresos

8 de marzo

Cumbres Mayores. 1955. Patio de la casa de mi abuela Antonia, que es la tercera por la izquierda. Junto a ella, Leonor, Críspula, Lola, Rosario, Rafaela, Carmen, la otra Carmen, Conchita, Victoria y Felisa. Hay alguna que no identifico. En la primera fila están parte de sus hijos. Las mujeres que trabajaban en las casas de matanza eran, tradicionalmente, más numerosas que los hombres.

32312_452960644765083_2123507229_n

Sevilla. 2012. Estamos en la plena calle, de madrugada. Soy la segunda por la izquierda. Me acompañan Elena, Lola, Secundina, Inma, Ana, Lourdes, Sara, Mónica, Blanca, Charo, Paloma y dos Isabeles. La tercera Isabel acababa de volver a casa. Todas son periodistas. En las facultades de periodismo y en las redacciones son más numerosas las mujeres que los hombres. Muchas de ellas tienen hijos que, a esa hora, estaban al cuidado de sus padres.

ELLAS 1

Muchas cosas han cambiado en los casi 60 años que separan esas fotos de mujeres tan diferentes pero, no sé, me da la sensación de que el vínculo entre las de la foto de entonces y las de ahora sigue siendo muy parecido. Lo veo en esas sonrisas de satisfacción por el trabajo bien hecho y, aunque quizá nunca lo dijeron, por haberlo hecho juntas. Me gusta recordarlo hoy, que es 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer.

Deja un comentario

Archivado bajo Historias, Regresos