Fronteras

Lunes: Javi tiene un plan

Javi tiene un plan. Me lo cuenta su madre mientras intentamos doblar las sábanas recién recogidas del tendedero: se va a Dublín a finales de mes a trabajar a un hostal. Allí le dan alojamiento. “Es por su bien, que así mejora el inglés, que aquí con las prácticas no le llega a nada”, argumenta ella con satisfacción al contar que su hijo de 25 años, ingeniero de Telecomunicaciones, el más estudioso de su clase, de su calle y casi de su barrio, toma decisiones ante la falta de alternativas laborales. Ha trabajado en cáterings durante los últimos años de carrera y ha vendido refrescos en las corridas de la Maestranza y ha servido mesas en algún que otro restaurante, pero ahora tiene un plan.

“Así que él dice que se va que allí ya están algunos amigos suyos”, explica la madre. “Qué esaborías son estas sábanas, que no hay quien las doble con los elásticos éstos”, añade como siempre los lunes a esta hora cuando aprovecha para que doblemos juntas las malditas sábanas bajeras. Luego yo me voy y ella se queda limpiándolo todo, después de haber pasado la noche fuera de su casa velando los sueños de un anciano a quien atiende y antes de salir pitando para otra de las casas en las que trabaja desde que, coincidiendo con el inicio de la crisis, su pluriempleo se convirtió en la principal fuente de ingresos de su casa. Porque cerró la fábrica en la que tantos años estuvo su marido y se acabaron los tiempos de no tener que trabajar fuera de casa. Ni él con más de 50 ni su hijo de menos de 30 han encontrado empleo.

Ahora Javi tiene un plan para independizarse que supera los límites de su mundo y ella siente orgullo por el hijo que asume la mayoría de edad y decide que quiere hacer su propio futuro. Porque querer es poder. “¡No vuelvas a comprar sábanas de éstas porque se pierde media mañana con ellas!”.

Martes: El dedo y la superluna

Preparados todos los teléfonos inteligentes, que esta noche vuelve a haber superluna. Serán cosas del cambio climático (dicen que PSOE e IU están a punto de ponerse de acuerdo para sacar una ley autonómica para contribuir a su mitigación; veremos), pero cada vez las lunas son más grandes. Y ni por ésas la vemos en todo su esplendor: seguimos en la necedad de mirar el dedo que la señala.

Consulta catalana sí o no, adelanto electoral en Andalucía sí o no. En su determinación de multiplicar su agenda mediática para darse a conocer, Juan Manuel Moreno Bonilla, ofreció ayer una entrevista en la Ser en la que elucubra que la presidente de la Junta, Susana Díaz, está “construyendo un relato” para celebrar elecciones en noviembre lo que da pie a que la mentada le replique esta mañana en el mismo medio de comunicación.

Lo de “construir un relato” viene a significar que la presidenta estaría buscando una excusa para que los andaluces puedan entender con naturalidad que solo un año después de su llegada a la Presidencia, ahora que parece que la economía se anima, la situación es insostenible y hay que llamarles a las urnas para que decidan. “¿Para que el resultado sea el mismo? Porque las encuestas no permiten gobernar en solitario. ¿Para ser quien se ‘como el efecto Podemos’? El globo de Podemos se pincha en las municipales”, se pregunta y se responde a sí mismo un diputado socialista que entiende que, llegados a este punto, unas elecciones andaluzas en otoño serían interpretadas como puro tacticismo electoral. “La gente, nuestros votantes de siempre, quieren ver que la gestión que vendemos da resultados y no quieren debates artificiales”, añade.

El crédito político, viene a decir, no se gana señalando los problemas sino dándoles soluciones a la gente, al paro, la precariedad del empleo y la falta de liquidez de las empresas. Quizá por eso Susana Díaz se empeña en las últimas entrevistas en colar balance de gestión entre las obligatorias preguntas sobre el anticipo electoral y la independencia catalana. Quiere enseñar resultados como sea para activar la idea de que, por ejemplo, las fotos con los empresarios del Ibex 35 dan fruto y ya hay jóvenes becados por el Santander. Hoy celebra con ellos su primer aniversario de presidenta y anuncia un plan para el “retorno de los talentos”, como los amigos que se fueron antes que Javi y que, por ahora, le esperan en Dublín.

Miércoles: Chamizo reaparece

En la Andalucía díscola que impartirá Educación para la Ciudadanía pese a la entrada en vigor de la Ley Wert, más de un millón y medio de alumnos vuelven al cole a la hora en la que se anuncia la muerte de Emilio Botín. El Banco Santander anuncia a la CNMV en una escueta y gélida nota que su presidente ha fallecido y que van a activar el protocolo sucesorio para salvaguardar los bollos de los vivos. Lo que procede.

Dicen que a esta hora de la mañana ya hay editores de prensa lamentando no tener un formato sabanón para desplegar una portada luctuosa más grande todavía que la que saldrá mañana para glosar al banquero de los banqueros del banco de los bancos de España que cruzó océanos y conquistó el mundo. Comentarios maliciosos que nada tienen que ver con la pésima humanidad de otros expresan su regocijo por la muerte de un rico. Una lucha de clases tan malentendida como poco práctica, que a don Emilio lo hereda doña Ana Patricia. Falta a parte iguales educación para la ciudadanía y misericordia cristiana, lo cual puede llegar a ser motivo de suspenso en este curso porque, abróchense los cinturones de castidad, la asignatura de Religión es evaluable.

Lo que no alcanza a cuantificar el ministro Wert, pese a su pasado demoscópico (ni él ni ningún analista de cierta solvencia) es el alcance de todo eso que se mueve en el comportamiento político de los españoles, que apoyaron masivamente al PP para buscar las soluciones que no les daba el PSOE y que, decepcionados con el nuevo Gobierno, buscan referentes nuevos. O no tan nuevos, que José Chamizo, ex Defensor del Pueblo Andaluz, se pasó muchos años en el puesto del que salió tarifando con la “chica de Presidencia y un psicópata del PP”, Chamizo dixit. Hoy ella es presidenta de la Junta, el psicópata sigue sin identificar y él no descarta ser candidato a la Alcaldía de Sevilla si cuaja la plataforma Ganemos. El sacerdote parece tener su plan y no es precisamente oficiar funerales ni recitar el catecismo en las aulas wertianas.

Jueves: Las grandes alamedas

Se cumplen las previsiones y una marea humana que algunas crónicas miden en 11 kilómetros se echa a la calle por tercer año consecutivo para apoyar la independencia en Cataluña. El soberanismo luce músculo en las grandes alamedas de Barcelona, después de que la pérdida de la honorabilidad de Jordi Pujol le ha pesado en las últimas semanas.

Es 11 de septiembre y las redes sociales resucitan la imagen en blanco negro de Salvador Allende y la memoria del horror de las Torres Gemelas. No pasará a la historia éste de 2014 por la reconciliación ni el diálogo ni la búsqueda de una solución pactada a la Cataluña que, a día de esta Diada, está llamada a una consulta sobre sus fronteras políticas que no reconoce el Gobierno central, que sigue sin desvelar su plan para la fecha de marras. Parece ser que Artur Mas, a quien se le está poniendo cara de Ibarretxe, sí le contó el suyo al alto y flamante Pedro Sánchez: baraja un adelanto electoral en Cataluña si la finalmente no le dejan sacar las urnas que pretende. Opinadores cualificados sostienen que, en ese caso, la que no las abre es Susana Díaz.

Viernes: Partir para contar

La presidenta de la Junta de Andalucía en Marruecos y, como ocurriera en dos de los viajes oficiales de Manuel Chaves, mantiene una reunión con el rey marroquí que es una incógnita en la agenda hasta el último momento. Mohamed VI sigue la estela de su padre Hassan II y da trato preferente en sus relaciones a una Administración autonómica, la más cercana en la otra orilla.

Susana Díaz tampoco se saltó el medido guión de las históricas relaciones Andalucía-Marruecos: se relacionó al más alto nivel pero se cuidó mucho de pisar asuntos especialmente espinosos que son de exclusiva competencia estatal. Y por si alguna reticencia había con la siempre delicada cuestión de viajar al extranjero en gira oficial siendo un representante autonómica ya dejó dicho días antes que en la preparación del viaje le estaba ayudando Felipe VI. El nuevo rey también hereda la cercanía de su padre con la familia real alauí. Tres protagonistas diferentes que afrontan en la cuestión marroquí sus tres particulares nuevos tiempos con los mismos modos que sus antecesores rodeados de los mismos problemas enquistados entre las dos orillas.

La inmigración parece ser el de más difícil solución ante lo complicado que le resulta a Marruecos demostrar su respeto a los derechos humanos y lo complicado que se le pondría a la UE seguir teniéndolo como socio preferente en políticas europeas de relevancia indiscutible como la agricultura o la pesca. Testimonios como el del joven senegalés Mahmud Traoré en Partir para Contar demuestran que a la agenda mediática y política le sobran a veces edulcorantes cuando se trata de abordar la realidad del migrante africano, sobre todo, en los bosques marroquíes donde aguardan durante largas temporadas hasta cruzar la frontera.

Traoré, que ahora vive en Sevilla y que tardó tres años y medio en llegar desde Dakar, cuenta en su libro que a él no lo echó de su Temanto natal ni el hambre ni la guerra ni el dolor solo la necesidad de buscar oportunidades, emprender proyectos y tener éxito. Las mismas inquietudes que Javi pero al otro lado de la frontera, en un mundo en el que para perseguirlas estás condenado a jugarte la vida. Él nunca le contó su plan a su madre.

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El pecado original

Lunes: Llorarás como un niño

Padres y madres expulsados del edén vacacional con el corazón en un puño a las puertas de las guarderías y niños desgañitándose a lágrima viva. 1 de septiembre. “Es la imagen de la mañana”, me explica un compañero cuando le expreso mi inquietud por que todas las radios y teles del país dan categoría de apertura de informativos a una vuelta al cole plana y sin incidentes. Concluimos que a la gente le gusta reconocerse en la pantalla cuando pone la tele, de ahí que mostrar el regreso a las aulas de nenes como los suyos enmorecidos del disgusto también como los suyos forme parte de ese ejercicio de identificación que conduce a la comunión de la tele con su audiencia, que padece los rigores del fin de las vacaciones.

Vale. Me vuelvo a mi sitio y pienso en Eva, arquitecta en paro desde hace cuatro años, tiene 37 y está casada con otro arquitecto de la misma edad que, como ella, busca alternativas de ingresos para sacar adelante a sus dos hijos. Ni ellos han tenido vacaciones ni su hijo pequeño vuelve a guardería alguna este lunes de septiembre, para colmo, con más calor que agosto que terminó con un titular de ésos que sientan a Eva y a su marido cual cubo de agua helada sin avisar (los de la ELA están mentalizados): “Nosotros no hablamos de brotes verdes, nosotros hablamos de raíces vigorosas”. Para hacer del arriolismo una asignatura obligatoria de los grados de Ciencias Políticas, como poco.

En su Galicia natal pero sin galleguear lo más mínimo, Mariano Rajoy abrazó el optimismo económico sin rodeos ni pudor lo que provoca la hilaridad de Susana Díaz en su reaparición radiofónica en Radio Sevilla: “Yo no estoy para botánica”. Florituras sí que tuvo que hacer para apaciguar las especulaciones sobre un adelanto electoral que ella misma, deliberadamente, había provocado con unas medidas declaraciones en Menorca que levantaron las orejas a los analistas políticos y ampollas en sus socios de IU.

Martes: El dogma de la recuperación

9.00h del 2 de septiembre. Se confirma que la recuperación económica es, sin lugar a dudas, el principal recurso político que va a utilizar el PP de Mariano Rajoy hasta que se acabe la legislatura, que alargará todo lo que pueda para que la hora de votar se aleje al máximo de los meses ominosos de la reforma laboral, los tijeretazos en educación y la retirada de la tarjeta sanitaria a los sin papeles. Quien no pronuncie la palabra recuperación veinte veces al día que vaya pensándose su continuidad en la crema popular. Junto con la consabida regeneración democrática, es el nuevo dogma popular: el mismísimo presidente del Gobierno (que conoce los datos del paro de antemano como bien ha demostrado más de una vez) despliega la estrategia de forma ejemplarizante e implanta las raíces vigorosas un par de días antes de que se publique un aumento del desempleo en agosto. En Andalucía, ni botánica ni triunfalismo, que el paro baja levemente pero siguen registrados en el Inem más de un millón de personas.

 

(Que no se me olvide preguntarle a Eva si finalmente llegó a apuntarse al Inem. Por si hay que sumarla. Creo que cayó en el efecto desánimo de los autónomos sin trabajo ni prestación).

Miércoles: Gambas para todos

¿Qué pensarán los expulsados de larga duración del mercado laboral con el debate de a quién pertenecen los parados? Porque de Despeñaperros para arriba son consecuencia de las malas políticas del PP y de Despeñaperros para abajo los que salen del paro lo hacen gracias al PSOE. Eso dicen lo socialistas. De Despeñaperros para arriba la recuperación es una realidad insoslayable achacable al PP pero de Despeñaperros para abajo el paro y la desolación achacable al PSOE. Eso dice Juan Manuel Moreno Bonilla, líder popular recuperado para la causa política y la cosa mediática en las postrimerías de agosto.

Moreno Bonilla ya da entrevistas, asiste a actos en toda Andalucía y hace corrillos con periodistas, como en sus tiempos buenos en la capital del entonces reino de Juan Carlos I, cuando era uno de los preferidos de los plumillas del Congreso y ni adivinaba lo duro que podía llegar a ser pilotar una oposición periférica y, sobre todo, desconcertada. Desconcertada por lo rápido que se puede despilfarrar un capital político (el del PP de mayo de 2012) y por lo rapidísimo que se puede consolidar un liderazgo desde el poder (el de Susana Díaz, presidenta desde septiembre de 2013). Pasada la euforia del nombramiento, presa de una especie astenia primaveral de tomo y lomo, consumió los primeros meses de su mandato el flamante Moreno Bonilla viendo cómo se mofaban de él los mismos columnistas que lanzaban alfombras rojas a Javier Arenas y Juan Ignacio Zoido; hasta mote le llegaron a poner. Lo ven demasiado blando y demasiado risueño y demasiado condescendiente frente al gesto endurecido y cospedaliano de quien era candidato preferido del PP sevillano y que fue negado en público tantas veces, José Luis Sanz, alcalde de Tomares.

Retirado de los focos autonómicos que tantos sinsabores le llegaron a dar, Sanz espera prudente lo que diga el Supremo sobre su persona a cuenta de irregularidades en contrataciones municipales. Lenguas del entorno de Palacio (de la Moncloa, se entiende) dicen que fue descabalgado de la candidatura porque Mariano Rajoy tuvo información que le hacía presagiar este trance judicial. Él no ha dicho esta boca es mía ni siquiera cuando Moreno Bonilla asegura que imputación y dimisión no tienen por qué ir de la mano en este caso. Él se pertrecha en su pueblo, de los pocos municipios en los que el PP mantuvo el tipo en las elecciones europeas y que se prepara para la cita local con las urnas con el despliegue de toda la munición disponible. Organiza hasta concursos gastronómicos para abuelos y nietos. Si llegan hasta el final del siguiente vídeo verán que el alcalde no es de regalar sonrisas, pero gambas parece que sí.

 

(Que no se me olvide preguntar al Consejo Audiovisual si hubiese habido problema en pinchar de fondo del vídeo de la reaparición José Luis Sanz en la feria el ‘No estaba muerto, que estaba de parranda’. Recién finado Peret no lo tengo claro…). 

Jueves: Podemos puede

8.00 de la mañana. Café sin sacarina para todos, incluidos los de Podemos, que ni en sus mejores sueños debieron pronosticar esta aceptación. No hay quien endulce el estudio de opinión que publica la cadena Ser, que confirma que los dos grandes partidos siguen cargando con la peor parte de la desafección, el malestar por los casos de corrupción y los años de desempleo de Eva y su marido y de las evas que la crisis ha dado. El pecado original de los dos grandes partidos, suma quizá de muchas faltas de distinta índole, sabe a gloria bendita a Podemos: con un 18% de los apoyos, sin cara en Andalucía ni discurso local, se estrena en los sondeos autonómicos con una virulencia jamás antes vista en ninguna fuerza política de reciente creación.

“Es un invento del PP”, masculla un socialista, convencido de que su partido solo puede rascar votos en el centro y pesimista sobre el camino que puede recorrer en adelante IU: la federación de izquierdas, relegada a la cuarta fila, se encuentra ahora en el dilema de seguir mordiendo la que fue la fruta prohibida del poder y apostar por la estabilidad con el PSOE o, por el contrario, escorar su discurso más la izquierda dentro de lo que empieza a conocerse como una suerte de frente popular. En el PP, dilapidada la amarga victoria electoral de 2012, escudriñan el sondeo en busca de un dato que les haga salir más guapos en la foto, o por lo menos salir: el estudio constata el escaso nivel de conocimiento que tienen los andaluces sobre su líder.

  (Por cierto, que no se me olvide preguntarle a Eva si sabe el nombre del cartel electoral de IU en Andalucía).  

Viernes: Los ceros de la corrupción

10.00h. Llega Felipe González, todo él locuacidad y bronceado. Europa Press lo invita a discursear en Sevilla y no hay quien lo baje de la nube macroeconómica durante 45 minutos. Muchas caras de #MeHePerdidoHaceUnRato en una intervención a la que solo parece dar réplica Magdalena Álvarez, dicharachera en su recién estrenado asiento de desayunadora, ahora que acaba de retornar de Luxemburgo a la espera de que se resuelva el caso de los ERE (porque ya dijo ella este verano que confía en que el PP le devuelva el cargo del BEI cuando se demuestre su inocencia).

La columna me impide ver el gesto de Magdalena Álvarez mientras Felipe González se afana en explicar cómo la politización de la justicia ha conducido a la politización de los jueces y que hay jueces que emiten autos políticos y tal y cual… En el ambiente flota el nombre de la instructora de los ERE a la que, no tan veladamente, parece referirse González. No hay repregunta y nos quedamos sin titular. Sin ése. 18 años después de haber sido presidente del Gobierno, el ex sigue encandilando a lo más granado del socialismo andaluz: digeridas las más alambicadas reflexiones sobre los tipos de interés y la deuda, consejeros, diputados variados y ex de toda índole se lo beben con el zumo de naranja mientras reflexiona sobre Jordi Pujol, Mariano Rajoy o Pedro Sánchez y cuando prescribe la recita para su dolorido partido: una mayoría de izquierdas se consigue desarrollando políticas de izquierdas sin decir todo el día que son de izquierdas para que el centro se sume. Ésa es su pócima.

Digo yo que tal remedio también puede servir también para la derecha, pero conduciendo en dirección contraria. A ver si se lo va a aplicar Moreno Bonilla, activo también en viernes ofreciendo otro pacto a la Junta con una mano y dándole un mandoble con la otra por el fraude de los ERE al que, por cierto, cuantifica con un cero menos que el tradicional argumentario popular. Veremos si no se lo vuelve a poner, que hay algo que se vislumbra en este septiembre temprano: habida cuenta de que un exceso de euforia sobre la recuperación económica en Andalucía puede apuntarse al marcador de la Junta, la corrupción volverá a escribir el guión hasta las elecciones. Y que no haya tregua en las noticias de portada ni en las radios ni en las teles. ¿Aguantarán como noticias del día los plácidos inicios de curso con docenas de niños llorones? Angelitos.

 (Que no se me olvide preguntarle a Eva si ella ha logrado identificar a la serpiente que la metió en este lío). 

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Sin nombre

Era el reloj de todas mis mañanas. Mi camino era de ida y el suyo de vuelta. El mío hacia la jornada laboral y el suyo desde una guardería cercana se cruzaban a diario bajo la lluvia, el viento o el sol temprano. El punto en el que me lo encontraba me indicaba lo mucho o lo poco que me iba a retrasar ese día porque él no fallaba nunca. Cumplía con profesionalidad sus horarios de abuelo, al menos eso era lo que yo me figuraba cuando me daba los buenos días, liberado de la responsabilidad mañanera de los nietos, convertido en un paseante de cabellera blanca y ademanes de caballero de fina estampa; con ese punto justo de coquetería al descubierto cuando aligeraba el paso para ocultar el cansancio de todos sus años. No sé cuál era su nombre. Solo sé que, desde que adivinaba mi silueta a lo lejos, me buscaba con la mirada para desearme buena jornada y reprocharme burlón, cuando tocaba, que ese día iba tarde.

Miraba como el Juan Pareja de Velázquez,  ése que siglos después sigue cautivando, inmortal, desde una de las paredes del Metropolitan. Él apenas sobrevivía. Tenía el mismo pelo negro enmadejado, la misma profundidad e intensidad que el personaje del cuadro, pero él se movía nervioso entre las mesas de aquel Starbuck de la esquina. El pelo negro y la mirada negra enmarcada por una toalla blanca (sucia pero todavía blanca) que usaba a modo de bufanda. El otoño ya estaba bien entrado en Nueva York y esa blusa deshilachada y mal abrochada no debía de abrigarle demasiado. A la hora en yo me surtía del primer café del día ya llevaba un buen rato encadenando unos cuantos, como una liturgia repetida durante toda la jornada. No sé si leía el periódico, pero no lo soltaba. Levantaba la vista, me clavaba sus dos dagas azabache, sorbía por pura inercia del vaso largo de cartón, pasaba otra página con la torpeza que pasan las páginas unos dedos demasiado grandes y demasiado gordos coronados por unas uñas tan negras como su mirada, más sucias que la toalla que le rodeaba la nuca a modo de bufanda. Volvía a sorber y volvía a mirarme y volvía a mirar y a hacer como que leía… Por las noches, a la hora de mi regreso del mundo, de los teatros, de las avenidas, de los neones y de los museos, seguía ahí, detrás del ventanal, iluminado por la lamparita amarilla de la esquina, acomodado en el sillón orejero mirando, mirándome, mientras los camareros ultimaban su faena ajenos, por pura costumbre ya, a su inevitable presencia. Siempre he pensado que Juan Pareja se reencarnó en él, pero no sé cuál era su nombre.

Ahora ya sé que son nigerianos después de mucho tiempo suponiendo que vinieron de Senegal. Primero, años antes, llegó el más bajito y luego su amigo, que es más corpulento y ya empieza a dominar el castellano. Seguro que hay sonrisas blancas en el mundo, pero dudo de que lo puedan ser más que las suyas, que son las primeras de la calle cuando empieza el día y la gente va con sueños y con prisas. Son los ángeles de la guarda del coche que dejo en la calle desde el día que lo saqué del concesionario. Del mío y del de todo el vecindario que se atreve a la segunda fila con desahogo porque están ellos para darle forma al caos. Tienen medidos los espacios y saben dónde hay que empujar para que salgan unos y entren otros sin consecuencias. Conocen nuestras rutinas, los porqués de cada coche aparcado en nuestra pequeña manzana y hasta el número de nuestras casas. A menudo los veo correr cuando viene la Policía. No huyen de la autoridad: corren al telefonillo del infractor de turno para avisarle de que su coche puede ser multado en breves instantes. Una vez estuve muchos meses sin verles y el día de nuestro reencuentro estuve a punto de preguntarles sus nombres. Pero no me dieron margen porque andaban enfadados conmigo por no haberles avisado de que el coche iba a estar tanto tiempo desatendido: “Inma, no te puedes ir tanto tiempo sin avisar”. Todavía no sé cómo se llaman.

Se dio cuenta de que nos había estafado al oír nuestra conversación con la cajera del supermercado. Ella era una cubana con suerte que acababa de pagar con dólares su compra en aquella tienda surtida de todo a la que la gran mayoría de los cubanos no tenían acceso. Rápidamente activó el plan de rescate de nuestro ánimo y nos montó en su coche y nos llevó al hotel y nos contó que en La Habana no todos eran como ésos que nos habían robado pero que teníamos que tener cuidado y que disfrutásemos de la isla pero que no anduviésemos con malas compañías y que tenía que volver a casa pero que apuntásemos su teléfono y que viajásemos por nuestra cuenta pero que no nos fiásemos de nadie pero que ella nos iba a ayudar siempre que la necesitáramos. Apreté el papel en la mano pringosa por el sudor y los restos de azúcar del último mojito y le dije adiós aturdida por la ayuda y por el afecto generoso de quien no te conoce de nada y de quién no sabes su nombre. Nunca lo supe.

“Espíritu sin nombre,
indefinible esencia,
yo vivo con la vida
sin formas de la idea”.
Gustavo Adolfo Bécquer

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De las ilusiones se vive

Expliqué durante todo el día que vi a uno de ellos. Lo juré todas las veces que pude y como mis hermanos mayores no parecían lo suficientemente convencidos me vi obligada a echarle imaginación para hacer más creíble mi hallazgo: cada vez que reproducía la escena añadía algún detalle nuevo. Fue una madrugada del 5 de enero y hoy os juro que si juré que vi la silueta de uno de ellos es porque tenía tantas ganas de pillarles con las manos en la masa que terminé viéndoles durante aquella vigilia mágica. Como no sabía que era imposible lo conseguí. Recuerdo el recuerdo atesorado durante mucho tiempo de una barba frondosa y una corpulencia suficiente como para adivinarse en la oscuridad de mi cuarto. Lo demás, es cierto, me lo inventé.

Si las calles de los pueblos y ciudades se abarrotan durante las cabalgatas, por muy horteras que puedan llegar a ser las carrozas, es por el efecto contagio de la ilusión infantil, ese dulce torrente que hace relativo todo lo que les rodea en cuanto se despliegan, sin trampa ni cartón, miles de sonrisas limpias y crédulas. ¡Con qué fe y qué arrojo se abalanzó Carlota a ese señor gordo disfrazado de fieltro rojo! Fue a tiro hecho. Sin titubear: “Quiero una cocinita rosa y a Guille, que no sabe hablar, le traes algo de piratas”. No tuvo ningún miedo a ese desconocido absolutamente impostado. El entusiasmo nubló todos sus sentidos, su inteligencia despierta y su innata curiosidad que, sin la magia de por medio, le habría llevado con toda seguridad a tirarle de la barba de mentira.

¿Cuánto dura la inocencia? ¿A qué edad se acaban las verdades absolutas? Certezas como que el gatito dice Miau, el perrito dice Guau y la vaquita dice Mu. La primera vez que Paula, con dos años recién cumplidos, vio un rebaño de vacas quedó absolutamente fascinada. Cinco adultos tuvimos que llevarla en varios turnos a una pared de piedra para que ella vigilase los pesados movimientos de los animales en plena canícula. Absorta analizaba en silencio cada cambio de postura y, después de varias sesiones, me miró totalmente paralizada: “¡No dicen Mu! ¡No dicen Mu! ¿Por qué no dicen Mu?”.  Fue la primera vez que vi la decepción en su rostro ante la evidencia de que una vaca no es lo que ella pensaba, un bicho repitiendo Mu una y otra vez hasta el infinito, tantas como nosotros le hicimos a ella respondernos qué hacen el gatito, el perrito y la vaquita.

Qué gran tarea tienen los padres de hoy para conseguir blindar las ilusiones de los niños, tan expuestos a tanta información que se mueve tan rápido. Y qué difícil debe de ser decidir cuándo llega el momento de empezar a desinflar esas pompas de jabón en las que afortunadamente crecen muchos de ellos para evitarles tal vez que terminen percibiendo como tremendas las que solo son pequeñas decepciones. Muchas veces he pensado en aquella mañana del 6 de enero porque fue la primera vez que me recuerdo empeñada en hacer creíble mi historia aderezándola convenientemente. Quizá si no hubiese recibido el jarro de agua fría del escepticismo de mis hermanos mayores nunca me habría empleado a fondo en la tarea de imaginar, esa herramienta tan útil para construir sueños que mantienen vivas nuestras ilusiones. Y de las ilusiones es de lo que se vive.

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A las doce, en la Plaza Nueva

A las seis de la tarde, todos los días, mis compañeros de El Correo de Andalucía salían a la calle y simplemente aplaudían. Algunos corrían por las escaleras hablando por el móvil, apuntando el último dato que aportaba la fuente. Defendían sus derechos y los de sus lectores a través del aplauso, se reafirmaban y volvían a subir las escaleras para seguir haciendo el mejor periódico posible. Eso fue hace tres años, cuando la empresa editora empezó un proceso de reducción de plantilla que era solo el prólogo de lo que ha terminado siendo una despiadada y sórdida operación para deshacerse de la cabecera.

Lo ha hecho de la peor manera posible (pinchen aquí para conocer los oscuros pormenores) y sobran las razones para la huelga unánime convocada por los pocos periodistas que quedan   de aquellos que aplaudían a las seis. Con toda probabilidad, la huelga conducirá a lo peor que puede pasarle a un periódico: no salir a la calle. Triste paradoja: quienes con más fuerza y con más dignidad han defendido El Correo de Andalucía en sus más de cien años de historia se ven obligados a dejarlo fuera del quiosco para intentar salvarlo.

Porque El Correo de Andalucía, según las cuentas que han salido a la luz en estos días, no está más enfermo que otros convalecientes de su sector. Sus males, eso sí, siempre se han visto agravados por el manoseo, el abuso y el maltrato al que le han sometido las empresas que sucesivamente se han hecho cargo de él sin creer realmente en él, empresarios que serían incapaces de defender una información publicada en sus páginas ni el trabajo de un buen fotógrafo porque, sencillamente, la actividad del periódico les era ajena. Nunca les dolió, por mucho que en alguna etapa la titularidad haya correspondido a compañías del sector y por mucho que pareciera lo contrario cuando el último propietario invirtió en el relanzamiento del proyecto. Nunca lo han sentido como suyo.

En realidad, nunca les ha pertenecido. Si esta cabecera sigue siendo honorable es única y exclusivamente por los periodistas que la han sostenido a pulso con su trabajo, con el peso de sus firmas y su prurito profesional. En medio de una diabólica espiral de la empresa hacia el abismo, solos, sin una estructura sólida donde apoyarse y con el viento de la crisis soplando en contra, han mantenido vivo al rotativo centenario, han seguido haciendo periodismo, han preguntado y repreguntado mucho más de lo que querían dejarles, han abierto  debates y han contado muchas de esas cosas que los ciudadanos quieren saber y que no podrían conocer sin que ellos estuvieran tecleando. Y en algunos casos hasta le han echado pluma al asunto. Recreándose y todo, disfrutando, aunque ese mes la nómina no estuviese asegurada. Hay grandes páginas de estos tres años horribles que se han escrito sobre un planillo recortado, sin el abrigo de la publicidad y desde una redacción ocupada por las ausencias.

Somos muchos los que en estos días hemos tenido accesos de nostalgia y en pleno desconcierto por lo que pueda pasar en adelante hemos conjugado en pasado las glorias de El Correo de Andalucía. Hemos rebuscado en nuestros archivos sentimentales para reivindicarnos como parte de la historia de un periódico que es historia de Sevilla y de su provincia, que en plena revolución global se ha preocupado de la Sierra Sur y de Pino Montano, por el cambio de recorrido de una cofradía y por la letra pequeña de las reformas de las grandes leyes. Por la política de barrio y por la de los grandes partidos. Por los éxitos y los fracasos colectivos de Sevilla. Por el esplendor de la Expo y la miseria del Vacie. Un medio de comunicación que, con todas sus debilidades, ha hecho a sus lectores más ciudadanos simplemente por darles la oportunidad de elegirlo para informarse.

Decía que, un tanto abrumados ante la trascendencia de los 115 años de vida que vemos peligrar, hemos sacado las fotos en blanco y negro para recuperar la imagen de los referentes del periódico, ésos de los que Antonio Burgos decía ayer en tuiter que han hecho literatura desde las páginas del decano, y hemos vuelto a reír a carcajadas con las mejores anécdotas de las últimas décadas, intentando quizá recuperar y retener para siempre la esencia de una historia que parece evaporarse. Pero para capturarla, hoy lo sé, solo hay que mirar a los ojos a los compañeros que han seguido escribiéndola en este tiempo, preservando con dedicación y orgullo su identidad y el legado periodístico y emocional de más de un siglo. Por eso el espíritu de Pepe Guzmán sobrevuela la redacción a pesar de las mesas vacías, los ordenadores apagados y los restos del naufragio en la Isla de la Cartuja. Por eso es imposible ponerle precio a El Correo de Andalucía, por mucho que hayan intentado convertirlo en moneda de cambio o venderlo solo por una.

Unos nos fuimos y a otros los echaron. Por el sacrificio de los que quedan y por haber llevado con tanta dignidad el peso de los años, de los buenos y de los malos, la plantilla de El Correo de Andalucía merece que le devolvamos todos esos aplausos de las seis de la tarde y que, si nos es posible, aplaudamos con ellos el lunes a las doce en la Plaza Nueva para intentar frenar el desastre definitivo. Convocados estamos.

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Tu Estambul

En Estambul tuviste la sensación de estrenarte en cosas que te habían pasado muchas veces.

Descrubriste Estambul a la vez que cientos de miles de turistas, en un agosto pegajoso y cuando ya te la habían descubierto casi todos. Desde Napoleón a Antonio Gala y Ohram Pamuk, Isabel, Erika, May, Don Carlos, Marta o Cinta. Contribuyeron muchos a que fueses construyendo ese Estambul imaginario al que hasta entonces le faltaban los olores, sabores, texturas y sensaciones de aquel agosto, ésos que recuperas por segundos en estos días cuando lees las crónicas sobre las protestas ciudadanas y la violencia en la calle.

Tu Estambul, el de agosto de 2010, era la Capital Europea de la Cultura y la luna quiso que coincidiese con la celebración del Ramadán. Por eso había muchos hombres que pasaban los rigores del hambre y el calor dormidos a la sombra en las puertas de las mezquitas y en el césped de los parques. Soportaban pacientes la espera de una puesta de sol que era el preludio del estallido de la plenitud: la música en la calle, el festival de jazz, los bailes tradicionales, la comida con varias generaciones de la familia alrededor de la nevera en las plazas y, siempre, de fondo, la sorpresa sobrecogedora de la llamada al rezo desde todos los minaretes. El eco del Islam mayoritario en un país laico, en el que hay judíos y ortodoxos; un Estado cimentado desde la libertad religiosa y al que admiraste por cómo estaba escribiendo su historia contemporánea con el alfabeto latino.

Descubriste con tus propios ojos la gama de dorados y azules de los mosaicos de San Salvador de Chora y de Santa Sofía, y el Cristo Pantocrátor de tus apuntes de Historia del Arte de COU. Los azulejos del harem de los sultanes y las cúpulas de las mezquitas definiendo el perfil de una ciudad levantada sobre colinas milenarias que conservaba las huellas de todos los siglos que se superponían en ella y que encaraba el futuro mirando a Europa y a Asia con ambición.

El Estambul de tu retina no expresaba contrastes sino fusión. Eran turcas las jóvenes que agarraban la pancarta aquel día en Istiklal, también el rosario de adolescentes con pañuelos en la cabeza que paseaban de la mano aquella noche en Sultanahmed y esas otras que vestían pantalón corto y que habían quedado en esa terraza de moda con otros chicos de su edad. ¿Recuerdas a aquella pareja que se besuqueaba en la orilla del Bósforo? Ella iba ataviada en el niqab, que para ti era lo mismo que un burka, y por más que la mirabas sólo podías ver sus ojos negros; como los de las tres hermanas a las que el primogénito de la familia les compró en aquel puesto un pantalón a la última moda. Una de ellas, enlutada detrás del velo y de la túnica negra, complementaba el atuendo con zapatos de tacón, un bolso de color y una cámara fotográfica profesional. Volviste con muchas preguntas a las que empezar a buscar respuesta.

Tu Estambul olía a cordero chamuscándose en plena calle, pero también a pescado con cebolla y limón. Te supo a vinagre, pepinillos, col y guindilla, pero también dulce como la miel y el hojaldre. Para ti fue la ciudad de la fruta fresca y de los frutos secos; de las sandías y las uvas, pero también de las nueces y los pistachos.

Tienes que reconocer que en el vuelo de regreso seguías sin poder decantarte. ¿Como elegir entre el bullicio loco del bazar a la caída de la tarde o la soledad sonora del interior de la mezquita? Sábanas, joyas, encajes, lámparas, menaje, antenas parabólicas, guitarras, especias, sombreros… Todo estaba en venta en los comercios de esas calles que conservaban la tradición gremial y en las que te gustaba perderte para no encontrar nada en concreto. Sin saber tampoco qué buscabas, huiste en ferry al lado asiático un día en el que los cruceros escupían a cientos de turistas acalorados y te ocultaste descalza en un rincón de aquella mezquita, sin mostrar ni un centímetro de piel. “Somos intrusas”, te susurró tu acompañante mientras aquel hombre con mono de trabajo secaba sus manos en el pantalón y se acercaba a la hilera de otros hombres –ellas, muchas menos en número, estaban escondidas en un habitáculo más pequeño, junto con sus hijos- que enfocaban su rezo hacia el lugar en el que dicen que está la Meca. El rito, la armonía de los cuerpos, la musicalidad del Corán y la brisa que se colaba por los toldos de piel que cubrían las puertas te hicieron encontrar una razón por la que había merecido la pena perderse en aquel lugar por primera vez.

Casi los estás viendo ahora pasar delante de tu teclado mientras lees que en nombre del “Islam moderado” se han consentido demasiadas cosas al Gobierno de Recep Tayyip Erdogan en los últimos 10 años. “No solo hay primaveras árabes”, escribe Bernard-Henri Levy. “Hay, habrá, una primavera turca impulsada por ese mismo pueblo de estudiantes, intelectuales, representantes de las profesiones liberales, europeístas, amantes de las ciudades y de la democracia”. Y te aferras a la idea de que después de una primavera como ésta solo puede venir un verano mejor al que regresar.

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A cazar moscas

Ya llegó. Para alivio de muchos, ya está aquí la que un periódico denominó ayer como “ley del máximo esfuerzo”, la reforma educativa del ministro Wert. Más allá de los pormenores de la norma, el regocijo de quienes la han recibido como agua de mayo tiene que ver con el mensaje que subyace de este titular de portada: esta España tiene que recibir un severo correctivo después de un tiempo en el que gafipastis, perroflautas y simpatizantes en general de la izquierda plural confundieron libertad con libertinaje. Se trata de una cosmovisión que puede resumirse en un simple “¡qué país, se les da el pie y se toman la mano!” y a partir de la cual se producen el resto de razonamientos en cascada: lo de abortar como si tal cosa y lo de hablar de la homosexualidad en las aulas tan ricamente, incluso en catalán. El único vicio corregido en estos años ominosos  y libertinos fue el del tabaco, pero solo por dárselas de modernos y estigmatizar el humo de los puros de toda la vida.

Dar por hecho que necesitamos que nos impongan el “máximo esfuerzo” implica que somos una sociedad en la que las cosas han pasado de castaño oscuro. Que nos dejaron elevar nuestras rentas para que consumiéramos, pero que hemos gastado más de lo que teníamos en nuestro afán de tener más de lo que nos corresponde.  Que nos dejaron suavizar la disciplina en la mesa, pero que hemos malentendido la relación paterno-filial y ahora las adolescentes van vestidas demasiado sexys, provocando a los tíos, ahora que suben las temperaturas. Que nos permitieron relajar las costumbres religiosas y montar un bodorrio en la Iglesia pese a faltar a misa los domingos, pero que nos hemos creído que todo el monte es orégano y que se pueden enseñar el Catecismo y el Corán como si la misma cosa fueran. Que hemos agotado la paciencia de quienes nos permitieron ser por encima de nuestras posibilidades. Hay que embridar. Llegó la hora de dar un puñetazo en la mesa, como los padres antiguos.

Los ciudadanos volvemos a ser menores de edad a los ojos de este legislador que, mientras invita a la jerarquía eclesiástica a mojar churros en el chocolate de todos, se cree sabedor de qué es lo mejor para el conjunto de la sociedad; para los negros y los  blancos, los altos y los bajos, los moros y los cristianos. Por eso se cree capaz de meterse en las creencias, en las camas y en los úteros de quien se tercie. No piensa en absoluto que seamos niños malos, no, solo está convencido de que hemos perdido el rumbo y nos hemos descarriado, como ocurre con los adolescentes en las crisis de crecimiento. Y ha pasado lo que tenía que pasar: papá se ha presentado en la fiesta, te ha quitado el porro de una mano, te ha retirado la otra del culo de la rubia pechugona y ha terminado por darte un buen guantazo delante del resto de la pandilla, para que sepan quién manda aquí. Y para casa. 

Ésa parece una secuencia de la serie ‘Verano Azul’, pero puede ilustrar la lógica con la que está funcionando la maquinaria legislativa del Estado. Una dinámica en la que quienes tienen la legítima capacidad para organizar la convivencia en común entienden que pueden hacerlo sin mirarnos a la cara y advertir que tenemos rostros distintos, sin darnos explicaciones ni escuchar los matices de lo que estamos diciendo ni considerarnos capacitados para elegir la indumentaria ahora que suben las temperaturas o el menú del almuerzo. Y, ay, que ya no son lentejas lo que meten con cucharón hasta el atragantamiento, que el ministro de la cosa alimentaria ya ha bendecido la ración de insectos que recomienda la FAO para erradicar el hambre.

No nos vayamos a confundir. Nuestras autoridades competentes adoptan una actitud paternalista que nada tiene que ver con las nuevas corrientes de la crianza natural, ésa que aconseja no reñirle a los hijos de una aunque le estén partiendo las piernas a patadas a los hijos de otra y que considera la lactancia como la piedra angular de la salud y felicidad de los nuevos humanos. Nada que ver. Al nuevo ciudadano se le lee la cartilla a poco que se desmarque y se le priva de la leche materna sin contemplaciones. ¡Fuera la teta del Estado!, chillan en las pseudotertulias por la noche unos señores que, paradójicamente, son los mismos que ven bien que el Estado se meta en la intimidad más íntima de los administrados y hasta reglamente cuánta teta pueden enseñar las administradas, ahora que suben las temperaturas. Vaya por delante, las cosas como son, la hombría de todos. ¿O acaso creéis que la mayoría de esas cabezas privilegiadas no empezarían a balbucear sin sentido, con los casi ojos vueltos, ante una delantera mítica de ésas a las que le cantaba anoche Quique González en los polígonos de Sevilla?

Músicas y teorías aparte, lo cierto es que promulgan la implantación de un Estado moralizante y castigador que más que padre termina siendo la madrastra frívola de la teleserie de bajo coste. Ésa que te alecciona sobre el bien y el mal, que te obliga a fregar el suelo de rodillas, a hacer el máximo esfuerzo, a pagar impuestos y a encadenar padrenuestros para sacar buenas notas mientras que se desentiende de ti cuando lo necesitas para comprar la fregona con la que hacer mejor tu trabajo, ir al médico o cualificarte para aportar más cosas a una sociedad mejor en la que, sin ir más lejos, la ciencia avance en la clonación de células para salvar vidas.

Quizá necesitamos el “máximo esfuerzo” regulado por ley porque, muchos que se autodefinen como liberales, entienden que, dejada a su libre albedrío, la ciudadanía no rinde igual y resulta hasta peligrosa. ¿En serio que prefieren una sociedad educada recitando tablas de multiplicar y ríos y montañas y oraciones y sainetes de los hermanos Álvarez Quintero? ¿De verdad que hay quien echa de menos la pedagogía del palmetazo en la mano? ¿Por qué se resisten a fomentar la mentalidad abierta y el librepensamiento en las aulas? Quizá nos quieran al margen de todo lo que pasa, indolentes, acríticos, apáticos y cazando moscas. Llegada la necesidad, hasta nos las podemos comer. Son la mar de nutritivas.

 

 

 

 

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